Hay muchos más días conmemorativos que días tiene el calendario, pero el Día Mundial de la Alimentación, auspiciado por Naciones Unidas, es especialmente importante porque nos recuerda que alimentarse es un ejercicio de responsabilidad individual y global.

 

En 2021 se ha celebrado la segunda edición, que ha puesto el foco en la fragilidad de nuestras sociedades, acrecentada por la crisis sanitaria Covid-19: recesión económica (con su consecuencia en forma de pobreza) y alteración de los sistemas de producción y distribución de alimentos, dos problemas que se suman a la mala distribución de los recursos y a la dimensión enorme que alcanzan los desperdicios alimentarios.

 

Cada alimento que ingerimos tiene una huella ambiental e hídrica, minimizar en lo posible el excedente que se desperdicia es una obligación ciudadana.

 

La alimentación evoluciona hacia formatos más saludables y sostenibles y puede configurarse como una herramienta de cambio en beneficio de nuestra salud y de la salud del planeta. Y no se puede obviar otra dimensión especialmente acuciante: en el mundo hay personas, millones de personas, que no alcanzan a saciar su hambre.

 

El informe “Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo” de la FAO estima en más de 800 millones las personas que hoy, cuando se lea esta publicación, no saben qué van a poder comer o si van a poder comer.

 

Comamos saludable; minimicemos el desperdicio; mejoremos la producción y distribución de alimentos para garantizar un acceso seguro y suficiente. Todos estos aspectos están profundamente unidos entre sí.

 

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